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Manifiesto a favor de la lectura

 
Danilo Sánchez Lihón (inlecperu@hotmail.com)
Director del Instituto del Libro y la Lectura del Perú
Fuente: http://www.ipp-peru.org/INTER2.htm
 

1. La lectura, el primero y último de los vestigios

Defiendo y abogo por la lectura con todo mi aliento y con toda mi vida; la erijo como una atalaya, como un punto de vigilia en la noche intrincada del mundo.

Siento la lectura como el primero de los vestigios humanos y como el último que resistirá en apagarse. Porque en el fondo ella es la pregunta infinita e inagotable de quiénes somos. Y esta pregunta jamás se extinguirá, mientras haya un ser humano tambaleante sobre el planeta, o vagando en el espacio sideral, habrá un acto de lectura en la última milésima de aliento que le reste al hombre antes de sucumbir.

Y todo ello es y será porque cada ser que nace cada día trae la cruz de su misterio a cuestas, que tratará de desentrañar como si fuera la misión más importante que ha venido a cumplir sobre la faz de la tierra. Pregunta, además, que nunca tendrá una respuesta plausible porque es insondable y eterna.

Y creo que el dolor de morir es que frecuentemente no respondemos ni siquiera a tientas esa pregunta, porque sencillamente es honda e inabarcable. El desconsuelo del hombre es su parcialidad y su contingencia, sabiéndose que tiene el vuelo de lo trascendente y divino, siendo nuestra angustia existencial morir en un mundo cifrado, incógnito y -creo yo- sagrado.

De allí que la lectura sea siempre una pregunta ante un abismo, no respuesta ni menos absolución, y se alza muy alto en relación a toda tecnología que garrapatea por el suelo, como el cisne sobre los polluelos del corral que le daban de picotazos.

Reaccionamos ante la proclama que otra vez se ventila anunciando que será inminente despedirse de la imagen idílica -más idílica por la nostalgia de su ya anunciada desaparición- de sentarnos en la mecedora a recorrer insomnes página tras página de los ya rotulados como "vetustos" libros.

Claro que con este anuncio el atrevimiento no es expresar también el responso fúnebre de la lectura; como sí ocurre de tiempo en tiempo con la inveterada costumbre de pronosticar -con tiradas de naipes, o no, de por medio- acerca de la desaparición del libro. Porque sería tan absurdo predecir que la lectura se extingue como si fuera a desaparecer el aire, el agua o el fuego que nos habita. ¡Y del grumo telúrico de polvo que nos conforma y aprieta! ¡Porque somos agua, terrones del planeta, como delirio y poesía!

¡Y compases de tambores en las noches desoladas!

¡Pero lo que si se intenta es hacer de la lectura un ave de corral o una mariposa pedestre que equivale a criar un gusano! Nadie se atreverá, porque cae el piano en desuso, a pronosticar el velorio de la música! ¡Somos música! ¡Y el libro es máquina que canta!

¡Tampoco, porque el ferrocarril entra en sus estaciones o galpones de invierno, morirá el anhelo de viajar! Por eso, no hay discusión en cuanto al rol, cada día más presente y protagónico, que cobra la lectura en el mundo actual y cobrará en el futuro.

¡Ella cada día está más presente en las paredes, en los quioscos, en los envoltorios, en las camisetas, en los letreros luminosos! Tanto que se insiste incluso en la necesidad de enseñar a leer en distintos códigos, formatos y soportes, como pueden ser la pantalla del televisor y la computadora, ante lo cual es importante advertir del imperio de una lectura rentista, funcional y lucrativa, en contraposición a la otra del piano desvelado y del ferrocarril insomne, aparentemente caídos en desuso.

 

2. Lectura e intimidad

Entonces, queda claro que no se trata de si muere o no la lectura. A ella aún no le toca el mal augurio, pues de ser así tendrían que apagarse todas las pantallas de los televisores y de las computadoras. Lectura existirá siempre y ahora más que nunca.

En el fondo, cuando cobran vigencia las exequias anticipadas por la volatilización del libro, tampoco se trata de la muerte del libro como tal, porque se anuncia con aspavientos el libro electrónico, con páginas que pueden iluminarse igual que la pantalla de una computadora y que -con un chip, equipado de un microprocesador -, se podrá transferir mediante impulsos electrónicos la información página a página hacia una superficie encendida.

¿Se tratará entonces de la abolición del papel? Reforzaría pensar que el encono y la confrontación es contra el papel por el hecho de que ya se ha lanzado el grito acerca de que quien nos salvará de la deforestación será la informática. Pero es mucha la artillería montada y disparada para pensar que el enemigo sea las páginas del manso y apacible papel, una matriz inofensiva que a lo más es una vela que titila, una puerta que se abre y se cierra; o, a lo mucho, el velo de una novia en el compás de la espera. Y en cuya superficie se acunan las ideas, se perfilan los sentimientos, se agigantan las emociones, se acendran los valores.

Pero veamos, más al fondo del papel, ¿qué hay que pueda motivar tanta insidia? ¡Ah! Al fondo del papel está el enigma, el ser incógnito, lo aún no nacido. Está mi silencio y frente a él mi intimidad. Lo que me hace original y diferente. ¡Y eso es lo que saca de quicio! Mi orondo y soberano capricho. Eso es lo que no les gusta y les enferma, porque nos quisieran uniformes, supeditados, sumisos. ¡Mero mercado de consumo!

¡Es mi quedarme en silencio lo que les friega! Se trata de mi identidad frente al mundo globalizado. ¡Se trata de mi libre elección y mi destino, lo que les inflama de cólera contra el libro!

Porque, ¿cuál es la lectura del mundo que nos preconizaba Paulo Freire? ¿La misma que nos propone INTERNET, que pone a nuestro alcance bibliotecas de millones de volúmenes, con los hipertextos que en un CD-Rom nos presentan disciplinas ya totalizadas, temáticas exhaustas y hasta corrientes de pensamiento completas y casi agotadas por los cabales y eficientes almacenes de datos?

¡No! La lectura del mundo es mi lectura intransferible, la lectura de mi mundo íntimo, entrañable y personal; la lectura de mi circunstancia, y mi naturaleza, de mi autonomía y de mi ser individual y colectivo, pero mía, que siempre será un punto inviolado y único. Que es lo que quiero defender ahora y siempre.

Defiendo para cada uno de nosotros la gracia y el capricho de ser únicos, frente a un mundo tan organizado -¡pero ajeno!- que nos apabulla. Defiendo -y ojalá lo pueda- lo único que me queda: mis extravíos, mis desatinos, mi gusto a equivocarme. Y quiero reivindicar aquí, con relación a la lectura y frente a las tecnologías informáticas, el poder de los sueños, ¡la bendita predisposición que tenemos a idear mundos propios, a contravenir y a escaparnos!

La lectura la imagino y la anhelo como el último reducto para estar con uno mismo, para conservar nuestro absoluto y reverente silencio frente al ruido ensordecedor de la factoría en que se ha convertido el mundo. La lectura como un acto de amor, privado, pudoroso e íntimo.

Yo defiendo la lectura como un patio, un corredor y una escalera en el rincón de una casa eterna, ¡y mía!, a partir de la cual podré construir el sentido que tiene mi vida y el destino de mi pueblo, el destino de la historia que nos ha tocado vivir, el sentido del mundo que tenemos que forjar y erigir. La lectura donde uno comulga y fraterniza con el ángel y los hermanos que somos.

La lectura como un espacio de autonomía y de soledad. De libertad para comprender, entender e iluminar en nosotros mismos muchas incógnitas, misterios y esencias. Lectura sin eficiencia y sin productividad en el sentido de aliarse y hacerse cómplice con esta sociedad rentista.

Lectura gratuita, inexplicable e inútil, como es inútil la felicidad, el encanto y hasta el amor. Pero estallante, poderosa y unánime en el sentido de forjar el destino promisorio de hermandad y bienestar colectivo que corresponde cumplir al hombre sobre la faz de la tierra.